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Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, quien no arriesga a vestir un nuevo color y no le habla a quien no conoce.

Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú. Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las “íes” a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos,sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en si mismo.

Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar.

Muere lentamente,quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.

Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo, no preguntando de un asunto que desconoce o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe.

Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar.

Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad.

Pablo Neruda (1904 – 1973)

Alrededor del siglo V a. C. el chino Sun Tzu escribió el que aún sigue considerandose el tratado sobre estrategia más importante de todos los tiempos: “El Arte de la Guerra“; que aún se estudia en las academias militares y que puede aplicarse en muchos otros campos como los negocios, la diplomacia, el mundo de la empresa o el comportamiento personal. No hay en todo el tratado un sólo consejo que no sea útil hoy en día.

De manera sintética, “El Arte de la Guerra” explica que hay que valorar la guerra (o los negocios o nuestra propias vidas) en términos de cinco pilares básicos, que tras analizarse y evaluarse detalladamente deberán servir para conocer si saldremos victoriosos o derrotados de la batalla:

  • La DOCTRINA o la FE: para entrar en ‘combate’ hay que creer en el motivo de la lucha, ya que sólo debemos emprender el camino de aquello que nos llena de entusiasmo. “No conozco el secreto del éxito, pero el secreto del fracaso es intentar hacer siempre lo que quieren los demás”.
  • El TIEMPO o las ESTACIONES: al igual que la noche conoce al día, el frío al calor o el silencio al ruido, cada uno de nosotros debe respetar sus propias estaciones, su propio ying y su propio yang. Para progresar es necesario dar el primer paso (siendo el punto de partida el respeto por uno mismo), a partir de ahí nuestro ritmo y nuestra intuición nos irán indicando como conservar la energía.
  • El TERRENO: tan sólo consiguen condiciones favorables aquellas personas que prestan especial atención a todo aquello que les rodea, a lo que está sucediendo a su alrededor, al espacio que están ocupando en cada momento para así poder ampliarlo o huir de él.
  • Los ALIADOS: nadie puede luchar sólo. Necesitamos personas que nos insuflen ánimo cuando sea necesario, necesitamos consejos de aquellas personas que no tienen miedo de lo que podamos pensar..
  • La CREATIVIDAD: sólo existe una manera de entender las cosas, cuando intentamos cambiarlas. No siempre conseguimos este propósito, pero terminamos por aprender valiosas lecciones, ya que nos encontramos en la búsqueda de un camino que nunca antes ha sido recorrido y la vida está llena de caminos por descubrir.

Por lo tanto las escrituras de Sun Tzu no son únicamente un tratado militar sino la estrategia suprema de aplicar con sabiduría el conocimiento de la naturaleza humana en los momentos indicados.

La mejor victoria es vencer sin combatir, y ésa es la distinción entre el hombre prudente y el ignorante

Idea original | Warrior of the Light OnLine

Conoce más sobre “El Arte de la Guerra” | Wikipedia

Conoce más sobre Sun Tzu | Wikipedia

Las noticias curiosas son una de esas cosas que nunca dejan de sorprenderte y parece que día a día van superándose unas a otras. En el capítulo de hoy, a la fuga con una bici de ruedines. Letal.

 

Una niña de tres años alemana huye a Holanda con una bici con rueditas

Recorrió seis kilómetros de distancia con una bicicleta con rueditas, cruzó la frontera y fue localizada por la Policía en Emmen. Esa es la ‘aventura’ de una niña alemana de tres años que dio un gran susto a su familia, según informa El Mercurio.

La niña, vecina de la localidad alemana de Haren, tardó dos horas en realizar el trayecto mientras su familia denunciaba su desaparición y comenzaba a buscar en las inmediaciones de su hogar.

Afortunadamente, la niña fue encontrada por la Policía en la localidad holandesa de Emmen y fue devuelta a su familia.

Vía | 20minutos.es

Título original: “The Happening”
Direccción y guión: M. Night Shyamalan
Producción: Sam Mercer, Barry Mendel y M. Night Shyamalan
Reparto: Mark Wahlberg, Zooey Deschanel, John Leguizamo, Betty Bucley…
Música: James Newton Howard
Fotografía: Tak Fujimoto
Montaje: Conrad Buff

 

“El Sexto Sentido” llevó a medio mundo a tratar de pronunciar el complicado apellido de este joven hindú, en el “El Protegido” nos presentó a un Bruce Willis haciendo de superhéroe pero de una forma bastante diferente a las que nos tiene acostumbrado, “Señales” nos dejó clavados a la butaca del cine, “El Bosque” hubiese tenido mucho más éxito de no ser por esos trailers destroza-películas tan de mode hoy en día, y con “La Joven del Agua” decepcionó parcialmente. Todo parecía indicar que el éxito iba a arruinar la carrera del director, pero… ¡ha vuelto a hacerlo!

 

“El Incidente” vuelve a mostrarnos un Shyamalan genial volviendo a hacer lo que mejor sabe: tensionar al espectador con escenas impactantes y la imprescindible banda sonora. Autodestrucción humana, mensaje ecologista… Parecerían unos tópicos muy manidos a estas alturas, pero realmente nos encontramos con un film personal, sobrio y sencillo sin extravagantes efectos visuales, asentado en un buen guión y unas interpretaciones correctas (sin más). El director volverá a ser alagado y odiado a partes iguales, al menos a mi ha vuelto a emocionarme, a hacerme pasar miedo y a hacerte pensar que el protagonista podría ser cualquiera de los espectadores que se encuentra en el patio de butacas.

 

Por una vez estoy de acuerdo con Juan Manuel de Prada, que dedicaba hace algunas semanas su columna dominical a la pelicula y al director:

Con M. Night Shyamalan, el director que reventara las taquillas con El sexto sentido, me ha ocurrido algo curioso: a medida que su cine ha ido perdiendo adeptos, mi interés por su personalísimo mundo -y por su personalísima manera de contarlo- no ha hecho sino acrecentarse. Night Shyamalan se cuenta entre esos escasos creadores cinematográficos que, inmersos en los mecanismos del star-system, logran sin embargo subvertirlos, relegando a los actores con los que trabajan a un rango subalterno: algo similar sucedió en su día con Alfred Hitchcock o Woody Allen, por poner dos ejemplos conspicuos. Quizá la mayor servidumbre de este logro sea que, a la postre, el director se siente rehén de un público que demanda «más de lo mismo» y lo obliga a repetirse sin tasa. A Night Shyamalan se le exige que sus películas incorporen, hacia su desenlace, una revelación pasmosa y estupefaciente que altere drásticamente la perspectiva desde la que el espectador contemplaba la película hasta la última secuencia. Siempre pensé que mientras el director de origen hindú no lograra liberarse de esta suerte de `impuesto revolucionario´ demandado por el público, corría el riesgo de convertirse en una caricatura de sí mismo. En su última entrega, El incidente, Night Shyamalan renuncia por fin a este recurso que amenazaba con convertirse en manierismo; y, aunque sospecho que la renuncia provocará entre sus seguidores un movimiento casi unánime de rechazo, lo cierto es que su cine sigue funcionando en los niveles que siempre me habían interesado.

Night Shyamalan me interesa, en primer lugar, porque desdeña las pirotecnias efectistas tan habituales en el contemporáneo cine de terror, recuperando el magisterio de aquellas viejas películas de Val Lewton, en las que la explicitud -sobresaltos, efectos especiales abracadabrantes y excesos hemoglobínicos- era sustituida por la capacidad de sugerencia. Me interesa, también, porque su originalidad se logra a partir de materiales que en sí mismos son convencionales (una invasión alienígena en Señales, una actualización del mito de Caperucita Roja en El bosque, un homenaje a las películas de superhéroes de tebeo en El protegido, etcétera), archisabidos de tan trillados; pero que, tocados por su varita mágica, adquieren una novedad prístina. Me interesa, además, porque, bajo esa apariencia convencional, sus películas incorporan un venero subterráneo de reflexiones en sordina donde conviven las aprensiones más sombrías y los más discretos milagros. Me interesa, naturalmente, porque posee un estilo propio, parsimonioso y cada vez más despojado -cada vez más abstracto en su vocación de despojamiento radical-, que refuta las tendencias epilépticas del cine actual. Y me interesa, en fin, porque todas sus películas se mantienen fieles a un universo distintivo y a unos asuntos recurrentes; o, para ser más exactos, a un único asunto recurrente, que no es otro que la fe, entendida no sólo en su significación religiosa, sino ampliamente vital.

En El incidente, la fe vuelve a ser el cogollo de la historia. La película puede ser vista como una denuncia ecologista (y sin duda lo es), también como una parábola sobre la zozobra que el terrorismo ha introducido en las sociedades occidentales (y también lo es, sin duda), con el espectro del 11-S aleteando al fondo (la secuencia en la que los albañiles se suicidan, uno tras otro, arrojándose desde el andamio, nos devuelve con insoportable vividez la estampa de aquellos hombres atrapados por el fuego que se lanzaban al vacío desde los pisos superiores del World Trade Center). También puede ser interpretada, en un nivel más epidérmico, como un homenaje a las películas de bajo presupuesto de los años cincuenta, al estilo de La invasión de los ladrones de cuerpos, o a las más recientes de zombis, al estilo de George A. Romero. Pero El incidente, en su sustrato más profundo, es una alegoría sobre la desesperación humana, sobre una época suicida que ha extraviado el sentido de la existencia y no halla razones para seguir viviendo; sólo quienes preservan su fe en el futuro -ilustrada por el embarazo de la protagonista- logran sobrevivir a ese virus inexplicable que, a la postre, tal vez sólo sea una metáfora del hastío vital que corrompe a quienes nada esperan. Ahora que Night Shyamalan ha conseguido desembarazarse de esos ingeniosos finales de efectos retroactivos y estupefacientes, quizá no vuelva a cosechar los taquillazos de antaño; pero su cine ha ganado en conocimiento de la verdad humana. A fin de cuentas, ¿no es ésta la misión del arte?

Segunda entrega de la sección de Fotografía, dedicada a la tragedia que esta madrugada asolaba las costas de Almería: 15 inmigrantes perdían la vida en su viaje hacia una vida mejor, entre los que se encontraban 9 niños de entre 12 meses y 4 años. La fotografía que he escogido muestra el único niño que ha llegado con vida a la península, aunque se encuentra hospitalizado en estado grave. Esos ojos, esa mirada, lo dicen todo.

Es curiosa la contradicción de miles de personas viajando hacia las costas andaluzas para pasar unas relajadas vacaciones, mientras otras miles de personas navegan hasta las mismas en busca de una oportunidad para ellos y para sus hijos. En esta ocasión el mar les ha ganado la partida, aumentando un poco más su leyenda negra. Me viene a la mente la letra de una canción de Los Suaves, “Dulces Noches de Luna y Pateras”:

 

Nació como nacimos todos
pero a él le tocó el lado negro del mar
último de siete hermanos
llevaba el nombre del profeta.
Pedía limosna a su propia sombra
las cinco promesas cumplía
su compañera arrastraba veinte años
siempre a su lado empujando en la vida.

Delante acechaban montañas de días
a quien le puedo contar
que aquel infierno era su vida
soñaba al mirar la ventana del diablo
los espejismos no son el desierto
están mas allá del estrecho.

Peor que matar a un hombre
es cerrarle el camino
mucho peor es ahogar su destino.
El mundo es de todos
tienen que pasar
aquí entramos todos
o aquí no entra ni Dios ni Alá.

Dulces noches de luna y pateras
verano tiempo de viajar
lloran las nubes en la ribera
espuma de rabia escupe el mar.
Pasos de hambre en la arena
sólo oigo al mundo respirar
no hace ruido el dolor verdadero
sólo hace ruido el cielo.

Las ilusiones se escurren entre los dedos del agua
crucero de los condenados
fracaso de los fracasados
la muerte se baña entre las olas
antesala de los sueños
las estrellas ruedan solas.

Peor que matar a un hombre
es cerrarle el camino
mucho peor es ahogar su destino.
El mundo es de todos
dejadlos pasar
aquí entramos todos
o aquí no entra ni Dios ni Alá.

Peor que matar a un hombre
cerrarle el camino
mucho peor es ahogar su destino.
Vallas y alambradas
no pueden parar
lo que hoy es marea
mañana es temporal.

Una carta pidiendo cuentas
va recorriendo la tierra
hay miradas que siguen mirando
aunque tu alma esté ciega.

Un día el mar recordará
el nombre de todos los que entierra
si hacemos un puente de muertos
para que sirven las piedras.

Maldito mar que tienes que unir y separas
malditas leyes de fronteras
colores, banderas y patrias.
La noche se va convirtiendo en tinieblas
le llaman estrecho y es ancho
y más profundo que las penas.

Peor que matar a un hombre
es cerrarle el camino
mucho peor es ahogar su destino.
El mundo es de todos
tienen que pasar
aquí entramos todos
o aquí no entra ni Dios ni Alá.

Nació como nacimos todos
polvo de estrellas cielo y mar
hay tantos ahogados
que hasta el oceano se va a secar.
Ella espera, sigue esperando
piensa que ha podido cruzar
el da patadas al cielo
desde el fondo de un pozo negro.

Viudas de vivos y muertos esperan noticias
noticias que siempre son malas
en el lado oscuro del mar.
Los náufragos cobrándose vidas
las esperanzas quedan hundidas
a los pies de Gibraltar.

Peor que matar a un hombre
es cerrarle el camino
mucho peor es ahogar su destino.
El mundo es de todos
tienen que pasar
aquí entramos todos
o aquí no entra ni Dios ni Alá…

En la tercera entrega de Noticias Curiosas viajamos hasta la pérfida Albión, en la que un señor magistrado ha dictaminado que las famosas Pringles no son patatas fritas. Aquí la noticia completa:

 

La justicia británica dictamina que las populares Pringles no son patatas fritas

Las Pringles, el popular ’snack’ famoso por su envase en forma de tubo, no son patatas fritas, según ha dictaminado el Tribunal Supremo británico.

Su empaquetado de una “forma antinatural” y el hecho de que contiene menos del 50% de su principal componente, la patata, han hecho que el juez haya tomado su decisión.

Como resultado, según publica la BBC , las Pringles, en todos sus sabores, van a quedar exentas de impuestos.

De esta manera, el fabricante de Pringles, Procter & Gamble, se ahorrará millones de libras y los consumidores probablemente tendrán que pagar menos.

La ley británica del IVA de 1994 señala que para que un producto deba asumir el IVA “tiene que contener patata prácticamente en su totalidad”.

 

Fuente | 20minutos.es

21 sugerencias para el éxito, por H. Jackson Brown Jr.

  1. Cásate con la persona correcta. De ésta decisión dependerá el 90% de tu felicidad o tu miseria.
  2. Trabaja en algo que te guste y que sea digno de tu tiempo y talento.
  3. Dar a la gente más de lo que espera, y hacerlo alégremente.
  4. Convertirse en la persona más alegre y entusiasta que conozca.
  5. Saber perdonarte a ti mismo y a los demás.
  6. Sé generoso.
  7. Ten un corazón agradecido.
  8. Persistencia, persistencia, persistencia.
  9. Ser disciplinado para ahorrar dinero, incluso con los sueldos más humildes.
  10. Trata a todo el mundo como te gustaría ser tratado.
  11. Comprométete contigo mismo a mejorar constantemente.
  12. Comprométete contigo mismo para la calidad.
  13. Comprende que la felicidad no se basa en las posesiones, el poder o el prestigio, sino en las relaciones con las personas que te quieren y respetan.
  14. Sé leal.
  15. Sé honesto.
  16. Sé emprendedor.
  17. Saber decidir, aunque eso signifique equivocarse a veces.
  18. Deja de culpar a los demás. Asume la responsabilidad en todos los ámbitos de tu vida.
  19. Sé audaz y valiente. Al mirar atrás en tu vida, laméntate de las cosas por las que no hiciste más que por las que hiciste.
  20. Cuida bien a todos aquellos a los que quieres.
  21. No hagas nada que no hiciese sentir a tu madre orgullosa.

No soy muy aficionado a la música, excepto cuando una canción -copla, tango, bolero, corrido, cierta clase de jazz- cuenta historias. Tampoco me enganchó nunca la música metal. Me refiero a la que llamamos heavy o jevi aunque no siempre lo sea, pues ésta, que fue origen de aquélla, es hoy un subestilo más. Siempre recelé de los decibelios a tope, las guitarras atronadoras y las voces que exigen esfuerzo para enterarse de qué van. Las bases rítmicas, el intríngulis de los bajos y las cuerdas metaleros, escapan a mi oído poco selectivo. Salvo algunas excepciones, tales composiciones y letras me parecieron siempre ruido marginal y ganas de dar por saco, con toda esa parafernalia porculizante de Satán, churris, motos y puta sociedad. Incluidas, cuando se metían en jardines ideológicos, demagogia de extrema izquierda y subnormalidad profunda de extrema derecha. Etcétera.

 

Sin embargo, una cosa diré en mi descargo. De toda la vida me cayeron mejor esos cenutrios largando escupitajos sobre todo cristo que los triunfitos relamidos, clónicos y saltarines, tan rubios, morenos, rizados y relucientes ellos, tan chochidesnatadas ellas, con sus megapijerías, sus exclusivas de tomate y papel cuché, y toda esa chorrez envasada en plástico y al vacío. Al menos, concluí siempre, los metaleros tienen rabia y tienen huevos, y aunque a veces tengan la pinza suelta y hecha un carajal, éste suele ser de cosas, ideas, fe o cólera que les dan la brasa y los remueven, y no de cuántas plazas será el garaje de la casa que comprarán en Miami cuando triunfen y puedan decir vacuas gilipolleces en la tele como Ricky, como Paulina, como Enrique.

 

Pero de lo que quiero hablarles hoy es de música metal. Ocurre que en los últimos tiempos -a la vejez, viruelas- he descubierto, con sorpresa, cosas interesantes al respecto. Entre otras, que esa música se divide en innumerables parcelas donde hay de todo: absurda bazofia analfabeta y composiciones dignas de estudio y de respeto. Aunque parezca extraño y contradictorio, la palabra cultura no es ajena a una parte de ese mundo. Si uno acerca la oreja entre la maraña de voces confusas y guitarras atronadoras, a veces se tropieza con letras que abundan en referencias literarias, históricas, mitológicas y cinematográficas. Confieso que acabo de descubrir, asombrado, entre ese caos al que llamamos música metal, a grupos que han visto buen cine y leído buenos libros con pasión desaforada. Ha sido un ejercicio apasionante rastrear, entre estruendo de decibelios y voces a menudo desgarradas y confusas, historias que van de las Térmópilas a Sarajevo o Bagdad, incluyendo las Cruzadas, la conquista de América o Lepanto. Como es el caso, verbigracia, de Iron Maiden y su Alexander the Great. La mitología -Virgin Steele, por ejemplo, y su incursión en el mundo griego y precristiano- es otro punto fuerte metalero: Mesopotamia, Egipto, La Ilíada y La Odisea, el mundo romano o el ciclo artúrico. Ahí, los grupos escandinavos y anglosajones que cantan en inglés copan la vanguardia desde hace tiempo; pero es de justicia reconocer una sólida aportación española, con grupos que manejan eficazmente la fértil mitología de su tierra: Asturias, País Vasco, Cataluña o Galicia. Tampoco el cine es ajeno al asunto; las películas épicas, de terror o de ciencia ficción, La guerra de las galaxias, Blade Runner, Dune, las antiguas cintas de serie B, afloran por todas partes en las letras metaleras. Lo mismo ocurre con la literatura, desde El señor de los anillos hasta La isla del tesoro o El cantar del Cid. Todo es posible, al cabo, en una música donde el Grupo Magma canta en el idioma oficial del planeta Kobaia -que sólo ellos entienden, los jodíos- mientras otros lo hacen en las lenguas de la Tierra Media. Donde Mago de Oz alude -La cruz de Santiago- al capitán Alatriste y Avalanch a Don Pelayo. Donde los segovianos de Lujuria lo mismo ironizan sobre la hipocresía de la Iglesia católica en cuestiones sexuales que largan letras porno sobre Mozart y Salieri o relatan, épicos, la revuelta comunera de Castilla. Y es que no se trata sólo de estrambóticos macarras, de rapados marginales y suburbanos, de pavas que cantan ópera chunga con corsé gótico y casco de walkiria. Ahora sé -lamento no haberlo sabido antes- que la música metal es también un mundo rico y fascinante, camino inesperado por el que muchos jóvenes españoles se arriman hoy a la cultura que tanto imbécil oficial les niega. El grupo riojano Tierra santa es un ejemplo obvio: su balada sobre el poema La canción del Pirata consiguió lo que treinta años de reformas presuntamente educativas no han conseguido en este país de ministros basura. Que, en sus conciertos, miles de jóvenes reciten a voz en grito a Espronceda, sin saltarse una coma.

 

Fuente: Patente de corso, por Arturo Pérez-Reverte

¡CAMPEONES!

I
Hay tres lecciones que yo trazara
con pluma ardiente que hondo quemara,
dejando un rastro de luz bendita
doquiera un pecho mortal palpita.

II
Ten Esperanza. Si hay nubarrones,
si hay desengaños y no ilusiones,
descoge el ceño, su sombra es vana,
que a toda noche sigue un mañana.

III
Ten Fe. Doquiera tu barca empujen
brisas que braman u ondas que rugen,
Dios (no lo olvides) gobierna el cielo,
y tierra, y brisas, y barquichuelo.

IV
Ten Amor, y ama no a un ser tan sólo,
que hermanos somos de polo a polo,
y en bien de todos tu amor prodiga,
como el sol vierte su lumbre amiga.

V
¡Crece, ama, espera! Graba en tu seno
las tres, y aguarda firme y sereno
fuerzas, donde otros tal vez naufraguen,
luz, cuando muchos a oscuras vaguen.

 

Friedrich Schiller (1759-1805)

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